En Buenos Aires estamos siempre corriendo, nos agotamos de un sitio a otro. Todo queda lejos en este polo de la América del Sur. Todo es trasladarse por las calles, sin paciencia, sin respiro, para llegar a otro lado, en general, tarde. La adrenalina lo tiñe todo. En Buenos Aires el corazón late más febrilmente que en otros lugares del planeta y hasta las nubes parecen desplazarse atolondradas por el cielo. Los conductores caen sin tregua presas de ese ritmo enloquecido, zigzagueando por calles y avenidas aunque los peatones necesiten cruzar. Nadie puede esperar y el otro siempre tiene la culpa de nuestro retraso. Así nos vamos retrasando por la vida, de tanto apuro acumulado.
Pero a veces llegamos a una práctica de t´ai-chi. Entonces cerramos los ojos, llevamos la lengua al paladar, llevamos la atención al tan t´ien y volamos a otra dimensión donde los movimientos se ralentan y la mente se aquieta. El corazón recupera su ritmo natural y volvemos a ser cuidadosos y agradables. El camino de retorno, el movimiento del Tao. No se puede sobrevivir de otra manera.
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