Las Cajas
Unas cincuenta cajas blancas doble protección y tres roperitos, soltó el de la mudadora. Ya se los bajamos del camión.
Escalofrío.
La mañana siguiente fue el fin de la casa normal, el punto final del mismo orden de años. Diecisiete años en cincuenta cajas y tres roperitos. De pronto los cincuenta infiernos blancos y vacíos, dispuestos a tragarse todo, tomaron por asalto el living, la cocina, el comedor de diario, la habitación de servicio y los cuartos. Abrieron lentamente sus enormes bocas para saciar su voracidad con todo cuanto pudiera doblarse, plegarse, apilarse o tímidamente acurrucarse en uno de sus rincones.
Tengo que ordenarme. Empiezo por los libros. Pero los libros dormían tan profundamente su sueño intelectual que no me atreví a despertarlos tan pronto. Así que por algún motivo impreciso el primer lugar fue la baulera del sótano.
Mi bicicleta anaranjada. Ruedas en llanta. Y yo puteando y riendo entre los árboles que bordeaban el lago tratando de meter el pico del inflador de Anita en el coso de la rueda desinflada, y las dos partidas por la risa que no nos dejaba ver nada. Nada de la realidad. Mejor la rueda y el inflador, mejor la risa y el lago que la leucemia. Anita. La puntada feroz en el centro del alma y esta inagotable película de pérdidas que me asalta a mano armada. La bici sigue ahí, con un sueño sin terminar y un inflador desaparecido.
Desde el piso late la máquina de coser de mamá y al lado, en extraña compañía, la máquina de coser de mi ex suegra. ¿Para qué guarda una dos máquinas de coser si no sabe ni dar una puntada? ¿...?
Listo, nena. A ver, probate y mirate en el espejo. ¿A ver cómo te quedó? Esa noche Daniel me pasaba a buscar y si yo no le decía ni se daba cuenta de mi pollera nueva. La máquina de mamá la guardo igual. El portero agradece sin entender por qué no me quedo con la otra que es mucho más nueva.
Una, tres, cinco, siete bolsas de cotillón que sobró de la fiesta de quince de Valeria. Los sombreros de raso y cascabeles, las máscaras de plumas y lentejuelas. En fin, era el regalo del padre, y ella estaba tan feliz que me olvidé como Cenicienta del despilfarro que significaba esa noche lujosa y que el arreglo de los sillones gastados o la cama desvencijada de Florencia habría costado la cuarta parte del alquiler del salón. Está bien así, ya nadie va a cumplir quince años nunca más en esta familia. Los sombreros y las máscaras están allí. Y la sonrisa de las chicas cada vez que recordamos la música y el baile.
Todo lo demás se tira o se regala, que es otra forma de sacarlo de nuestra vida.
Señora, la máquina de escribir funciona?
Sólo si usted sabe escribir...
Si la valija de cuero endurecido fuera puerta, chirriaría. Adentro, fotos amarillas que no quiero mirar. De pronto un sobre blanco se me adhiere a las manos y sin pensarlo lo dejo abrirse: se desliza de adentro el golpe sordo. Laboratorios Laplacette y Piccaluga y Pablo que espera mi reacción imposible porque no entiendo qué quieren decir esos números. No hay nada que hacer. ¿Qué querés decir? Eso, que ya no hay nada que hacer, tiene metástasis de la cabeza a los pies. La bruma interna se apodera de todo hasta que un mes más tarde llego a Villa Gesell con las cenizas de mamá aún tibias sobre mi regazo y las lanzo en el océano frío como ella quería. Si fuera película, sería la parte donde la gente tose y abre las carteras con sigilo. Se agolpa otra vez el llanto entre el carnet de la obra social y su cédula de identidad nunca antes tan inútil. Ya no puedo guardar esto. Ha dolido demasiado.
Subo del infierno más lejano a la claridad del living ya sin cortinas, porque Rosita dijo que es mejor llevarlas limpias, listas para colgar. Las cajas se apilan día tras día con la porcelana y la cristalería. Dos autitos Matchbox de colección, jamás en marcha sobre un estante vacío, es casi el único juego que quiero recordar de ese papá indiferente, que optó por escapar de todo. Contengo el aire con los adornos heredados para no sucumbir ante el encuentro desprevenido con todos mis muertos. En el chiffonnier se desparraman sin pudor las cartas de los hombres que me amaron para siempre durante unos meses o unos años.
Ay! Cincuenta cajas es el grito. Quiero un fuego devastador, fácil y total, que no me obligue a decidir con cada estatuilla, y a la noche una aspirina para engañar al dolor de cintura por unas horas. Cuatro de la mañana es la hora fatal de la mixtura. Todos regresan a las cuatro, cuando temen hasta los colectivos de Cabildo y el silencio se mete por mis oídos y me vacía la cabeza. Siete y media y toco “Casa!” Respiro profundo- desayuno- facultad de Florencia- colegio de Valeria- cajas boca arriba boca abierta y llego a los libros.
Iba a ser el principio pero es el final. Mil quinientos intentos de aprender algo nuevo de filosofía china, budista o hindú, de literatura inglesa, francesa o latinoamericana, de cine, de teatro o de fotografía, de t’ai-chi, de yoga o de otras variadas técnicas corporales.
Mil quinientos libros es una hermosa biblioteca de clásicos y fuentes, de joyas literarias. Cunita y refugio. Mickey Mouse y Mafalda con cuencos de agua fresca entre tapas de colores. Codo a codo con Jorge Luis y Chuang-Tzu. Ultima noche sin cuatro de la mañana.
El camión y el timbre temprano. Mientras los expertos acá le desarman el bahut éste, los muchachos van bajando las cajas y los roperitos. Usté, tranquila.
Recorro el cascarón de la vida hasta acá y me pregunto qué es lo que va en las cincuenta cajas. Unas pocas llaves ponen un insólito punto final y el ascensor se aleja del puerto. Las chicas me miran. Florencia me sonríe con sus ojos profundos mientras Valeria me aprieta la mano. Planta baja, auto en marcha y el destino que se abre cuadra a cuadra.
Casa nueva, vida nueva, abuelita, cuando finalmente atravesaste la puerta, devuelta a tu tierra natal y elegiste, por ser la última vez que se nos permitió ver, una vida en verdad nueva.


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