La historia de Li Ai
Chüan-chi , un subgénero dentro del cuento chino, significa "narración extraordinaria" y se refiere a cuentos de 350 a 3.500 ideogramas de extensión en los que, si bien el interés fundamental está en el carácter humano, aparece con frecuencia algún elemento extraordinario o sobrenatural con el que debe enfrentarse el protagonista. Sigue reglas formales y estilísticas muy precisas, como es el caso del Li Wa Chuan ( La Historia de la Bella Li Wa), de Po Hsing-chien (775-826), con el cual se engarza el cuento siguiente.
La Historia de Li Ai, responde al chüan-chi y se habría llamado Li Ai Chuan de haber sido escrito por un autor
chino de la dinastía T'ang, pero es en realidad un brote literario nacido de mi sobreabundancia de amor hacia la
cultura china.
LA HISTORIA DE LI AI
Li Ai era la tercera de cuatro hermanos, hija de la bella Li Wa, duquesa de Chien Kuo y de aquel famoso gobernador de Chin Ch'ou, hijo del Señor de Hsing Yang, cuya historia era ya legendaria.
Ninguna criatura que haya sido fruto de un amor tan extraño e intenso puede ser simple o vulgar . Li Ai llevaba dentro de su alma una chispa de vida, un candor especial que la distinguía entre millares de jóvenes . Admiraba la naturaleza y el arte que expresaba a la naturaleza en el papel, o en la voz. Sus ojos oscurísimos se rasgaban aún más cuando leía a Lao y a Chuang.
Una vieja sirvienta de la casa, que la malcriaba con los sabores más exquisitos, solía contarle historias de inmortales que habitaban las montañas al sur de la propiedad.
“ Los has visto alguna vez, Chien-Mei?”
“Yo no”, contestó la vieja mientras el sol se ponía tras las cumbres escarpadas, “pero por el camino que bordea los Manantiales de Jade puede alcanzarse un antiguo sendero de piedra que lleva al monasterio taoísta de la Cumbre Blanca”.
“En la Cumbre Blanca no se divisa ninguna construcción, Chien-Mei. De qué me hablas?”, inquirió Li Ai, sintiéndose algo burlada.
“Desde ya que no se divisa, porque está inmerso en las nubes que jamás se disipan. Cómo podrías verlo desde aquí?”, replicó Chien Mei mientras seguía pelando unas alubias rojas, ésas que cantaría el poeta Wang Wei unos años más adelante.
Li ai no concilió el sueño esa noche pensando en el modo de llegar al monasterio. Las preguntas y una emoción nueva le invadían el corazón, pulsando de tal manera que por momentos creía que iba a estallar en infinitas partículas. Así fueron pasando los meses de otoño y de invierno mientras Li Ai estudiaba sus clásicos preferidos y clavaba sus finos ojos negros en las nubes que escondían el monasterio. Cuando las primeras azaleas florecieron en los prados, Li Ai comenzó a dar largos paseos con el pretexto de traer hierbas arómaticas para la cocina de Chien- Mei.
Una de esas tardes llegó hasta los Manantiales de Jade. Eran frescos y musicales, y cuando el sol brillaba en lo alto se abría paso entre las copas de los enebros iluminando las piedras verdeazules por las que se apremiaba el agua. Li Ai se sentía feliz de haber descubierto este sitio. Decidió volver en cuanto le fuera posible.
Los dos hermanos mayores de Li Ai eran jóvenes aplicados que, por su dedicación al estudio y gracias al esmerado trabajo del Maestro Wang Hsuan-Tao, habían aprobado los exámenes oficiales con los más altos honores y gozaban ya de cargos importantes en comarcas cercanas. El hermano menor tenía problemas de salud y pasaba largas temporadas al cuidado de los tíos paternos, expertos en curas prolongadas.
Para el Maestro Wang, que había vivido con la familia por más de treinta años, educando primero al padre y luego a los hijos, la vida parecía oscurecerse en el horizonte. Era ya anciano y de no ser por la generosidad de Li Wa, habría caído víctima de la vejez y el desamparo. Pero la duquesa, que nunca más había podido soportar el dolor ajeno si de ella dependía el alivio, ofreció al Maestro Wang la educación superior de Li Ai.
No era común que una adolescente del siglo ocho en la China de los T'ang recibiera este tipo de enseñanza, reservada a los hombres que rendirían los exámenes civiles, de cuyo resultado dependía convertirse en funcionario imperial con las prerrogativas que ello involucraba. Sin embargo , el padre no se opuso al pedido de Li Wa y dado que a Li Ai casi nada la entusiasmaba tanto como estudiar y soñar, y dado sobre todo que a su padre casi nada lo emocionaba tanto como discurrir en largas charlas filosóficas con su joven hija, las clases se iniciaron inmediatamente.
Es preciso aclarar que esta familia era a los ojos de los extraños tan clásica y noble como cualquiera de su época, pero en su fuero interno las relaciones entre sus integrantes habrían espantado a la mayoría; empezando por el dulce apego del padre hacia sus hijos y la pasión estremecedora entre la bella Li Wa y su esposo. Se sumaba a la lista de excentricidades el curioso hecho de que Li Ai no había sido comprometida con joven alguno desde la infancia ni mostraba apuro por encontrar un esposo.
En pocos meses el maestro Wang se había dado cuenta de la inteligencia y espiritualidad de Li Ai y el vínculo entre alumna y maestro se había profundizado sólidamente.
“Más exquisita que sus hermanos, sus pensamientos son elevados y no será sencillo para ella encontrar comprensión en este mundo”, pensaba con frecuencia el maestro al observar a su discípula.
En la mañana del día ch'uen-fen (equinoccio de primavera) del año ting-ch'ou (797 del calendario cristiano) Li Ai salió temprano de su casa sin otra compañía que una antigua versión manuscrita de los Capítulos Interiores del Chuang-Tzu. Caminaba lentamente porque sus pies ya habían sufrido una leve distorsión a causa de los vendajes; muy, muy leve porque su madre, que jamás los había llevado, no toleraba verla llorar cuando era niña y le aflojaba las vendas entre caricias y consuelos. Gracias a ello Li Ai gozaba del placer de caminar, absolutamente vedado a las demás muchachas de su elevada condición.
Se internó por el bosque de enebros siguiendo el curso del arroyo hasta los Manantiales de Jade. Al llegar, el lugar se iluminó con su presencia. Las sensaciones de Li Ai hacia la belleza del paisaje eran tan sinceras que el entorno las refractaba embelleciéndose más aún. Se dejó llevar por los cantos de los pájaros y sin pensar siquiera se presentó ante sus ojos el sendero de piedra del que había hablado la vieja Chien-Mei, invitándola a la escalada.
Se disponía a subir cuando oyó los cascos de un caballo aproximándose con cautela. Un joven de extraños atuendos multicolores caminaba delante de él. Sin sujetarlo siquiera de las riendas, el corcel lo seguía obediente, como si ése fuera el único destino posible y además, el mejor de todos. El joven y Li Ai se sonrieron. Ambos creían conocerse sabiendo a la vez que jamás se habían visto antes.
Tampoco hubo necesidad de explicar lo que era un objetivo preciso: ambos iniciaron el camino de ascenso al monasterio.
Caminaron muchas horas sin cansarse, sin hambre ni sed. Los sonidos se tornaban imperceptiblemente más puros y los colores adquirían un nuevo brillo, o serían quizás los sentidos que se liberaban de impurezas y captaban lo que antes ya existía fuera de la percepción ordinaria?
Nada sabía Li Ai de ese hombre, ni él de ella, sin embargo nunca había estado la joven más segura de los sentimientos de una persona como lo estaba de él. La paz del único encuentro posible con quien había deseado siempre sin saberlo hasta entonces abarcaba todo el espacio, todo el tiempo. Las imágenes comenzaron a llegar a la mente de Li Ai: primero regordetes niños verdeazules que cantaban notas de bienvenida al mundo interior, luego cristalinas figuras entre nubes espiraladas y escamas de dragón anunciaban la llegada al pabellón sagrado . Li Ai se maravilló como jamás lo había hecho antes, ni siquiera en sueños. Su compañero le sonrió tiernamente, se tomaron de la mano e ingresaron al vestíbulo sin dar paso alguno. Sus movimientos no dependían ya del cuerpo sino de otra fuerza más poderosa que llevaban dentro de sí.
En el primero de los nueve pabellones que componían el recinto sagrado se les presentaron tres deidades: Pai-yuan ,Wu-ying, y Huang-lao chun. Sus semblantes eran frescos con la tersura de los niños. Sonrieron al recibir a Li Ai y a su compañero. De sus sonrisas escapaba el tintineo de campanas de jade. La misma brisa que los había traído hasta aquí los trasladó al tercer pabellón, llamado Ni-Huan. Allí tomaron conciencia de los Cinco Espíritus de la Unidad que aguardaban pacientemente. No hablaron con palabras pero ambos jóvenes comprendieron la enseñanza acerca de la preservación de la vida como vehículo para la unión con el Uno. En profundo silencio ingresaron al interior de la Gran Perla en Movimiento Perpetuo y allí descansaron.
El piar de los pájaron es siempre una música deliciosa, pero despertar con el trino de un ruiseñor supera cualquier felicidad en esta tierra. También esto recibieron como despedida Li Ai y su amigo. El crepúsculo se anunciaba entre las agujas de los pinos cuando el pájaro cantó y ellos se encontraron nuevamente en el bosque, junto a los Manantiales de Jade. Ambos se miraron y rozaron sus mejillas en un único gesto de despedida. El joven partió hacia el sur seguido de su caballo fiel y Li Ai retornó a su hogar en plenitud de alma.
Chien-Mei abrió la puerta exterior para recibirla:
“Preparé las alubias rojas”, dijo cuando Li Ai hubo traspuesto el umbral. Ambas rieron.
¿No es acaso curiosa la comprensión profunda que a veces se da entre las personas sin importar el rango, la procedencia o la edad ? Sin importar nada absolutamente, con tal que los ojos brillen ante la misma luz.
Los antepasados de los antepasados de la otra parte de mi alma contaban esta historia que no puedo sino repetir para que no caiga en el olvido. He tomado humildemente el pincel el día ching-ming del año chia-hsu, unos novecientos ochenta y siete años después de la caída del imperio T'ang.
Fei Ai-Li


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