Amor de selva
“Si pudiera mi piel resplandecer así…”, piensa. “Si tuviera los adornos de las Yanomani…Ay, si tuviera el vuelo sutil de una guacamaya, quizás él me vería entonces y podría despertar el ardor de su corazón. Ay!, si me viera bella y posara en mí sus ojos…!”
Los ojos de la joven pecarí se cierran de dolor un instante , y dando sin pensar un paso atrás con sus patas cortas, despierta de pronto el rumor de la jungla.
El jaguar, sobresaltado de su sueño, alza súbitamente la cabeza y dispara el fulgor de sus pupilas sobre la pecarí, que lo mira de pronto sin poder creer la emoción de verse observada con tal intensidad. Con su trompa arrugada esboza una sonrisa que el jaguar no ve, porque ya ha tensado su musculatura y hundido sus garras en el tronco de su lecho.
La joven pecarí emite su sonido ronco de amor cuando el jaguar, de un único y certero salto, le muerde el cuello en el primer y último beso de colmillos y de sangre.
Entre las ramas altas de las ceibas, algunos periquitos repiten sin cesar la historia de una pecarí que murió de amor.
Portola Valley, California- agosto de l998.


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