Wanda
Lo de Wanda no empezaba ahora. Era la acumulación de años de radio sintonizada en AM al amanecer, cuando las parejas aún duermen, la mano de él inconscientemente apoyada en la cadera desnuda de ella. Esto había empezado a constituir la grieta del corazón, junto al deshabillé raído y las pantuflas desflecadas que ningún hombre había visto en años, ni vería en el futuro.
Recién cruzada el medio siglo y a pesar de todo, la belleza de Wanda todavía se dejaba ver: ojos tersos y profundos, frente amplia, nariz recta y una boca grande de labios carnosos. Labios así desde la infancia, tan propicios para el beso. Y sin embargo, pocos se habían aventurado a llegar hasta ese territorio tierno y expectante. ¿Cuántos habían sido? Wanda los recordaba a diario, uno a uno, ante cada rosal del jardín: Bebe, el hijo del carnicero de enfrente, a los quince; Mansour, el libanés que quería llevarla a Beirut, a los veinte; Alberto, el médico residente de cirugía en el Fernández, a los veinticinco; y Bernardo, el cazador de ciervos, casi diez años después. Todos habían ejercido sobre ella una fascinación indescriptible; todos habían izado estandartes de ilusión que Wanda había creído ver flameando en todas las direcciones.
Bebe había sido tierno al comienzo, tan cauto como quien cruza un lago helado en invierno. Wanda, de pie con la regadera ante el rosal France Inter, recordaba haberse aferrado a esa imagen de ternura sin imaginar al principio que se debía a una estrategia para conseguir un salvoconducto hasta su cuerpo. Así había firmado su pasaporte y lo había dejado entrar a su casa un domingo, a la hora de la siesta. Bello rojo claro el de la France Inter., como la sangre de su único himen florecido esa tarde. Wanda limpió los tallos de un par de hojas secas y regó bastante su pie antiguo porque la radio había anunciado altas temperaturas y poca humedad.
Bebe se había reído al ver la mancha en la sábana y a Wanda no le pareció lo mejor. Menos aún cuando en la verdulería escuchó a esas tres que militaban en el P.C. hablar de las ocasiones en que cada una se había acostado con él. La siguiente vez que él le habló de las reuniones del partido, Wanda sintió que le estallaba la cabeza. Idealismo de izquierda, un carajo! Cuando se dijo que era un desaparecido más, Wanda cerró su capítulo con Bebe. El barrio comentaba que en algo habría andado y luego nadie más lo nombró. Ni su padre, el carnicero, temeroso de perder la clientela de años.
Mansour había llegado del Líbano con mucho dinero para gastar. Su padre había recibido unos campos en Río Negro como pago de una deuda y él estaba en el país para verificar la exactitud de las escrituras. Hablaban en francés, incluso en la cama, y a Wanda la excitaba esa constante ilusión de estar de viaje. “Qu’est-ce que tu veux? Dis-moi et je te le fais”, le susurraba al oído y ella no sabía qué responder. Pero él lo imaginaba y allá iba, al encuentro de sus pimpollos más tiernos.
El viaje exótico de Wanda duró hasta el regreso de Mansour de Río Negro. “Les femmes à Río Negro connaissent la passion, hein?”, había dicho como al pasar el turco de mierda, desterrado así para siempre de la cama de Wanda y del contacto con sus padres maronitas, que, si viven, todavía estarán lamentándose de haberlo perdido en la Argentina. Sobre su memoria, Apogée: la rosa más espectacular que uno pueda imaginar, rosa asalmonada con matices bronceados y amarillos. Menos agua que la France Inter. Ella lo sabe bien.
Alberto no tenía nada que hacer en Ginecología el día en que Wanda soportaba con las piernas abiertas un control de rutina. Sin embargo estaba ahí, haciendo chistes detrás del biombo, como si el hospital fuera una fábrica de comediantes. El ginecólogo sacó el espéculo sin dejar de reírse y Wanda esperaba que la risa se debiera a los chistes de Alberto y ambos la dejaran irse enseguida a regar sus rosas. Alberto los dejó para que Wanda escuchara el informe médico, pero luego la estaba esperando a la salida, con un chiste amable y tierno que la hizo sonrojar. La Bob Hope es una rosa colorada, doble, de buen tallo. Una flor alegre, siempre abierta y vivaz, digna de una estrella de Hollywood. Wanda corta varias para llevar adentro sin hacer caso de las espinas que siempre se le incrustan en los dedos.
Con Alberto fueron unos meses de risas en todas partes ante las anécdotas siempre jocosas acerca de la mesa de operaciones. “Sabés por qué a la gente le encanta morirse en el quirófano de un hospital? Porque tienen un montón de público! Es como estar protagonizando una película, entendés? Y si el pobre gato es un caso raro, encima pasa a la historia!” , se divertía Alberto. La muerte de la gente es una cosa seria, pensó Wanda sin atreverse a contradecirlo. El ni notó su gesto sombrío. La vida siempre se encarga de enderezar los tallos torcidos y así fue como el coche de Alberto fue hallado a primera hora de una mañana con manchas de sangre en el asiento y un cadáver ausente. Su historia recorrió los canales de televisión y las páginas de los diarios. Todos tenemos derecho a un instante de fama. Es justo, se dijo Wanda.
Lo de Bernardo pareció obra de la casualidad. La atropelló un día al cruzar Av. San Martín. Wanda quedó montada en el capot del auto sin saber por dónde bajar. El se arrojó desesperado y la tocó sin pedirle permiso, sólo para corroborar que no le había roto ningún hueso.
Al tercer whisky de recuperación en su casa, Wanda y Bernardo se rieron de estar vivos y súbitamente enamorados. “Hay amores que matan... Pero así no va a ser el nuestro”, vaticinó Bernardo al despedirse de Wanda esa madrugada entre mimos cansados y aliento a alcohol. Ah, bellísima Oklahoma! Con sus pimpollos de terciopelo rojo oscuro y ese perfume ensordecedor como el estallido de una escopeta. Wanda vuelve a aspirar una y otra vez cada una de sus flores, embriagada como esa vez en la puerta de su casa, mientras Bernardo demoraba la partida acariciando sus nalgas.
Fue un amor en cámara lenta, en el que Wanda participaba como nunca antes de la actividad de su amado. Preparaban las armas y viajaban miles de kilómetros para camuflarse en el bosque y acechar en silencio la ingenuidad de los ciervos. Carne oscura, dura y aterciopelada, como la espalda de Bernardo una noche de luna. Wanda tuvo que aprender por qué está bien matar ciertos ciervos. La tranquilizaba saber que otros pensaban como ella. Al fin y al cabo de eso se había tratado su vida, de una ilusión y un acecho. Está bien matar ciertos ciervos, pero matar por descuido o por vanidad a una gacela seguida por su cría está muy mal. Y en la vida todo se paga, Oklahoma...
No había sido fácil esta vez. Wanda llegó agotada a su casa después de dos días interminables de manejo, con el baúl del auto lleno de carne de ciervo y de Bernardo. Un viaje matador, y encima sola para todo. Tener que descargar el auto, cavar una fosa más grande que las otras, arreglar todo el jardín. Por suerte, el vivero todavía estaba abierto y la variedad que necesitaba la estaba esperando. Las rosas agradecen siempre los buenos nutrientes. Wanda lo sabe.
Terminada la labor del día, se instala otra vez en su alma la imagen de su propia muerte cercana, y la inquietud y el desasosiego la torturan por dentro y por fuera. Habría deseado un jardín de rosas, magnífico como el del Palermo, pleno de colores y perfumes que le devolvieran los sueños pisoteados por tanto macho inmundo. Sin embargo, mirando bien, allí están también la Michele Meilland con su rosado tierno y suave interior salmonado; la Crasavitza Festivahia con su blanco puro y bordes de cereza; la King’s Ransom , amarilla como el sol ; la Madame Driout de rayas verticales sobre los pétalos ciclamen. Es mucho, mucho. El corazón de Wanda no puede con tanto dolor. Ya no recuerda todas las historias. Las caras se le mezclan con las rosas…
De pronto suena en el aire el chiflido musical de un afilador y Wanda piensa en el flautista de Hamelin. Corre a la puerta cuando el hombre llama.
“Soy yugoeslavo, señora! Yugoeslavo solitario, nuevo trabajo. Algo para afilar?”
Wanda sonríe y sonríe. Lo ayuda al hombre a entrar la bicicleta con la piedra de afilar. Sonríe como una niña recién nacida y corre a la cocina a buscar todos sus cuchillos. Por la ventana mira sus rosas, más resplandecientes que nunca bajo el sol del mediodía.


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